En el despacho de Alexander, sobre la madera oscura descansaba un fajo de hojas blancas perfectamente grapadas: el contrato de confidencialidad y relacion falsa.
Alexander, impecable como siempre en un traje gris oscuro hecho a medida que resaltaba sus hombros anchos, deslizó una pluma de oro hacia mí. No había rastro del hombre que me había besado hasta dejarme sin aliento. Volvía a ser el jefe implacable, el iceberg con corbata.
—Es bastante simple, Zoe —explicó, cruzando las manos sobre la