Capítulo 11

En el despacho de Alexander, sobre la madera oscura descansaba un fajo de hojas blancas perfectamente grapadas: el contrato de confidencialidad y relacion falsa.

Alexander, impecable como siempre en un traje gris oscuro hecho a medida que resaltaba sus hombros anchos, deslizó una pluma de oro hacia mí. No había rastro del hombre que me había besado hasta dejarme sin aliento. Volvía a ser el jefe implacable, el iceberg con corbata.

—Es bastante simple, Zoe —explicó, cruzando las manos sobre la
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