Zoe
La pregunta de Alexander se quedó flotando entre nosotros como una granada a punto de reventar. Sentí la sangre hervirme en la cara, en el cuello, en todos lados.
—No estoy fingiendo, Alexander —le solté, levantándome de la silla de golpe para no dejarme intimidar por su metro noventa—. Y te exijo que te mantengas bien lejos de mi vida y sobretodo de mi trabajo. No tienes absolutamente ningún derecho a meterte en lo que hago o dejo de hacer.
Alexander no se inmutó ni medio centímetro. Se qu