Las dos personas estaban despatarradas, con la ropa desordenada, tumbadas de cualquier manera.
Rodrigo frunció el ceño sin decir palabra.
—¿Cómo terminaron en nuestra puerta? —preguntó Gabriela, agachándose junto a ellos.
El fuerte olor a alcohol les golpeó.
También frunció el ceño. —¿Han estado bebiendo?
—Parece que sí —respondió Rodrigo. Llamó al conductor y a Águila: —Llévenlos adentro.
El conductor ya se había recuperado y ahora conducía para Dalia.
Ella cuidaba de dos niños y a menudo neces