—Te debo una vida. Si quieres matarme, está bien, es lo que me merezco. Puedo escribir una carta de garantía que diga que si muero, no tendrás nada que ver contigo —respondió Alfredo con una sonrisa.
No le importaba en absoluto la furia de Aurora.
Aurora dijo con desprecio: —Estás fingiendo amabilidad.
A Alfredo tampoco le importó: —Dices lo que quieras.
Ahora es como un descarado al que no le importa lo que Aurora diga de él o piense de él.
Porque sabía muy bien en el corazón.
Había perdido su