CAPÍTULO 5.
Me acomodo en el lecho de la habitación que se encuentra encomendada a mi cuidado, sumergiendo mis manos en el rostro en busca de refugio. Un grito contenido escapa de mi boca, amortiguado por las palmas que lo sostienen.
Después de desvelar mi confesión a Tom Voelklein sobre el insensato juego de miradas, mi dignidad se desvaneció irremediablemente en cuestión de minutos. Aunque mantengo una expresión seria, mi interior se consume en un torbellino de emociones.
Decidida a dejar de l