Después de más o menos una hora de ser zarandeada, manoseada y empujada de aquí para allá por unas mujeres más calladas que un difunto, al fin Kary tiene un aspecto que Ernee considera «apropiado».
La veterinaria se mira al espejo que está apoyado contra uno de los rincones del dormitorio. Lleva una sarta de perlas, más larga que ella misma, enroscada en torno al cuello, y una de las mujeres que la vestía intentó domar los nudos y ondas de su pelo rubio y forzarlos a la sumisión, pero fracasó o