Justo cuando seguía enojada, el teléfono volvió de nuevo a sonar.
—¡Ya te lo dije! ¡No lo busques más! No sirve de nada que me llames... ¿Es que de verdad quieres obligarme a romper nuestra relación?
Hubo unos segundos de silencio al otro lado, y luego se escuchó una voz femenina, muy cálida y suave:
—¿Señorita Diana?
Diana se quedó atónita, miró sorprendida la pantalla del teléfono y vio un número desconocido. Solo entonces recobró la compostura.
—Disculpe... ¿Quién es usted?
—Hola, soy Elsa, l