El salón del palacio Adler, que horas antes había brillado con la luz de las arañas y el murmullo elegante de la élite rusa, ahora era un hervidero de susurros y miradas incómodas. Los invitados se movían como un enjambre desorientado, algunos intentando recuperar la compostura, otros claramente disfrutando del espectáculo que acababan de presenciar.
Pero la fiesta había terminado.
Grigori Adler había dado la orden sin siquiera pronunciarla. Su salida fue la señal que todos esperaban. Los fotóg