Con la ayuda del abogado de Gerald, el juez aceptó el pago de una fianza bastante alta para poder salir de la comisaría y esperar el juicio en su mansión. Priscila lo recibió esa misma tarde, aunque cada uno de ellos sabía cual debía ser su puesto en aquel lugar.
—¿De verdad no te molesta que me quedé aquí? —preguntó Gerald.
—No, no me molesta, además es tu casa, Gerald.
—No sé como agradecer lo que has hecho por mí, Priscila.
—Mañana se hará la lectura del testamento, sé que me dijiste q