Si la Torre Fitzwilliam se caracterizaba por algo, era por la velocidad con la que los chismes viajaban por los conductos del aire acondicionado. Para cuando Miranda y yo cruzamos las puertas giratorias del vestíbulo principal a las ocho y media de la mañana, la atmósfera ya estaba cargada.
No hacía falta ser un genio del diseño para notar las miradas oblicuas de las recepcionistas, los murmullos apagados en el ascensor y la forma en que los empleados de otros departamentos se daban codazos al