Horas más tarde, el sonido ensordecedor de las turbinas inundaba el hangar privado. Ian Winchester subió los peldaños de la escalinata de su Jet privado, con el viento helado agitando su abrigo. No hubo comité de despedida, ni prensa, ni miembros de una junta directiva rogándole que se quedara. Estaba completamente solo.
Una vez dentro, tomó asiento en el sillón de cuero reclinable junto a la ventanilla. Christopher ya había confirmado que el plan de vuelo hacia Zúrich estaba aprobado.
—Despega