Cerré los ojos y, dejándome llevar, me deslicé por todo el lugar, tomándome mi tiempo y descansando cuando debía.
Por supuesto, en uno de esos descansos apareció Amira a mi lado.
—¿Se te olvidó cómo se patina, Adara? —Su voz, siempre venenosa, había arruinado toda la paz que mi cuerpo acumuló en pocos minutos—. No te preocupes, hermana, siempre puedes agarrarte de la baranda para que no te caigas.
¡Si yo siempre he sido mejor que tú en el hielo!
—Gracias por la preocupación —respondí sin mirarl