Holden me giró de nuevo, empujándome contra la puerta del cubículo. Su cuerpo duro y caliente presionándome y sus manos haciendo estragos dentro del enterizo, explorando la piel desnuda de mi espalda.
—Dios, Adara... —murmuró entre besos que eran más mordiscos que caricias suaves—. Lo que haces conmigo… Me vuelve loco, maldita sea.
Su boca esta vez se desplazó a mi cuello, sus dientes rozando mi piel con una perversión que me hizo estremecer.
Había perdido el control y la pastilla era un escudo