Narrado por Alessandro
La enfermería del sector norte era un edificio de piedra gris, escondido entre los pinos de las afueras, un lugar donde los secretos médicos se archivaban bajo llave. Entré como un poseso, con la pequeña envuelta en mi chaqueta militar, el pecho aún manchado con la sangre de Francesca. Mis manos, que un momento antes habían sostenido la vida, ahora temblaban como las de un recluta en su primer combate.
—¡Necesito un médico! —grité al cruzar las puertas de emergencia, mi voz rompiendo la calma clínica del pasillo—. ¡Es un recién nacido!
Una enfermera, una mujer mayor de facciones severas y ojos experimentados, salió de un despacho contiguo. Al verme, no hizo preguntas. Su mirada se fijó en el bulto que protegía contra mi cuerpo y, con una eficiencia fría, me guio hacia una sala de cuidados intensivos.
—Déjemela —ordenó, tomando a la criatura con manos expertas—. Váyase a la sala de espera. Limpiaré la sangre de esa chaqueta, Capitán. Aquí dentro, la discreción es nuestra especialidad.
Me quedé solo en el pasillo, un espacio aséptico que olía a éter y miedo. Me senté en una silla metálica, hundiendo la cara entre las manos. Cada segundo sin saber de Francesca era una tortura. ¿La había salvado Lucas? ¿Seguía viva? Mi mente proyectaba imágenes de ella, pálida y sangrando en los brazos de aquel hombre, y un veneno de celos y desesperación me recorría el cuerpo.
De repente, el sonido de unos pasos ligeros, casi imperceptibles, se acercó desde la entrada. Levanté la vista, esperando ver a un médico, pero el aire se me quedó atascado en la garganta.
Estaba allí, vestida con un abrigo de lana color crema, su rostro una máscara de confusión y preocupación. Me miró de arriba abajo, deteniéndose en mi uniforme ensangrentado. Su mirada bajó hacia la puerta de la sala de cuidados intensivos y, finalmente, volvió a mí.
—Alessandro... —susurró, con una voz que no reconocí—. Me dijeron en la base que habías salido de emergencia. ¿Qué haces aquí? ¿Por qué estás cubierto de sangre?
No pude hablar. Mi silencio debió ser la peor respuesta posible. En ese momento, la enfermera abrió la puerta de la sala.
—Capitán, la pequeña está estable —dijo la mujer, y al notar la presencia de Bianca, se detuvo en seco—. Está bien hidratada y respira perfectamente. Es una niña sana.
Bianca se quedó inmóvil. Sus ojos se oscurecieron mientras procesaba la información. Se acercó a la enfermera y, con una delicadeza que me produjo escalofríos, miró a la bebé que la mujer sostenía. Luego, lentamente, se giró hacia mí. Su expresión ya no era de preocupación; era de una frialdad gélida.
—¿Quién es esta niña, Alessandro? —preguntó, su voz apenas un susurro que vibraba con una intensidad peligrosa—. ¿Quién es esta bastarda?
La palabra resonó en el pasillo como un disparo. Miré a la pequeña, mi hija, la hija de Francesca, y sentí que una verdad que había mantenido enterrada bajo capas de deber y mentiras finalmente salía a la luz.
—Es mi hija —respondí, poniéndome de pie. Mi voz no vaciló.
Bianca soltó una carcajada seca, carente de cualquier alegría. Un paso hacia atrás, como si le hubiera dado una bofetada.
—¿Tu hija? —su voz se quebró—. ¿Con quién? ¿Con esa mujer que te tiene hechizado? Alessandro, ¿tienes idea de lo que esto significa? Si esto se descubre, no solo terminarás con tu carrera. Dañarás a nuestra familia. Nuestro hijo... nuestro niño pequeño no merece crecer con el estigma de un padre que desprecia su propio hogar por una aventura.
Se acercó a mí, sus manos aferrando las solapas de mi chaqueta sucia.
—Escúchame bien —dijo, sus ojos buscando los míos con una desesperación que me partió el corazón—. Puedes olvidarlo. Ahora mismo. Solo tienes que dejar a esta niña en la enfermería, dejar que los servicios sociales o quien sea su madre aparezca. Si ella está viva, volverá por ella. Y tú... tú vas a borrar esto de tu mente. Vas a volver a casa conmigo, vas a ser el padre que nuestro hijo necesita, y yo... yo te perdonaré. Fingiré que esto nunca pasó. Seremos una familia de nuevo.
Miré a la enfermera, que sostenía a mi hija, y luego miré a Bianca. El perdón que me ofrecía era un pacto con el diablo. Significaba abandonar a Francesca, significaba borrar la existencia de mi niña, significaba convertirme en el hombre que nunca quise ser.
—No puedo dejarla, Bianca —dije, apartándome de ella con lentitud—. Ella no es un error que se pueda borrar. Es mi carne.
—Entonces estás eligiendo destruirlo todo —dijo Bianca, sus ojos llenándose de lágrimas que no derramó—. Si caminas por esa puerta con esa niña, Alessandro, nuestra familia habrá muerto. No te busques después.
Me sentí solo en aquel pasillo. Había una verdad innegable en sus palabras: estaba a punto de romper la única vida estable que tenía. Pero al recordar la cara de Francesca, al sentir el recuerdo del llanto de la bebé, supe que no había elección.
Caminé hacia la enfermera, ignorando a Bianca, y extendí los brazos para cargar a mi hija. Bianca se quedó allí, una sombra en el pasillo, su presencia convirtiéndose en un recuerdo de la vida que estaba dejando atrás.
—¿Quién es? —preguntó Bianca una última vez, con una voz cargada de un odio que no pude culpar—. ¿Cómo se llama su madre?
Me detuve en la puerta. No le respondí. No podía darle ese nombre a Bianca, no podía convertir a Francesca en un objeto de su venganza. Salí de la enfermería con mi hija en brazos, dejando a Bianca sola, enfrentándome al frío de la noche y al hecho de que, a partir de este momento, ya no había vuelta atrás. Ya no era un oficial respetable, ni un marido fiel. Era un hombre con una hija bastarda, huyendo de su pasado y buscando a la mujer que me había hecho perder la cordura.
Y mientras el coche arrancaba hacia la oscuridad, la pregunta que Lucas me había hecho antes de irse volvió a mi mente, una pregunta que ahora cobraba un significado aterrador: ¿quién era Lucas, y por qué Francesca tenía tanto miedo de que yo supiera la verdad sobre él?
—¿Quién es Lucas? —susurré para mí mismo, mientras la pequeña se calmaba contra mi pecho—. ¿Y qué es lo que nos espera al final de este camino?