Narrado por Alessandro
El mundo se redujo al espacio confinado del interior del coche, un habitáculo que de pronto se sentía como un quirófano improvisado y una trinchera a la vez. Al ver a Francesca desvanecerse en un umbral de dolor insoportable, supe que no llegaríamos a ninguna parte. La naturaleza no iba a esperar a que encontráramos un hospital.
Detuve el vehículo en un callejón oculto tras los hangares de mantenimiento, lejos de las luces principales de la base. Mis manos, que tantas veces habían operado controles de mando con precisión milimétrica, temblaban al estirar mis dedos hacia el borde de su vestido. Lo subí con delicadeza, encontrando sus piernas temblorosas. Le quité las bragas con un movimiento rápido, mis dedos encontrando el calor febril de su cuerpo, la humedad de un nacimiento inminente.
—Francesca, mírame —le rogué, sintiendo el sudor frío corriéndome por la frente.
Ella abrió los ojos, sus pupilas dilatadas por el sufrimiento. Estaba débil, tan frágil que parecía hecha de cristal. Su respiración era apenas un hilo, un eco de la mujer guerrera que conocí en la selva.
—Alessandro... —susurró, y una lágrima solitaria recorrió su sien—. Cuídalo... cuídalo tanto como al primero. No permitas que lo llamen bastardo... no dejes que lo miren con menosprecio. Él tiene tu sangre, Alessandro... es tuyo.
—¡No te atrevas a despedirte! —le grité, pero mis ojos se llenaron de una angustia que no pude contener—. Tú vas a criarlo conmigo. ¡Empuja, Francesca, por favor, empuja!
La ayudé, guiando su cuerpo mientras ella, con el último aliento de sus fuerzas, empujaba. La escuché llorar, un sonido de pura impotencia, mientras el dolor la desgarraba. Fue una batalla de minutos que parecieron siglos, una lucha entre la vida y el abismo. Y entonces, un llanto agudo, una melodía pequeña y vibrante, rompió el silencio del callejón.
La envolví apresuradamente con mi chaqueta militar, limpiándole el rostro. La pequeña se movía, buscando el calor, sus pulmones llenándose de ese primer aire que ya no era el mío, sino el nuestro. Pero mi felicidad duró un segundo. Mi mirada volvió a Francesca. Su rostro estaba pálido, blanquecino como la cera, y una mancha carmesí empezaba a extenderse bajo ella, un río de sangre que no cesaba. Se estaba desangrando.
En ese preciso instante, el chirrido de unos neumáticos sobre la grava nos sobresaltó. El coche de Lucas se detuvo bloqueando la salida. Sus pasos, pesados y decididos, resonaron contra el suelo.
No tuve tiempo de alcanzar mi arma. Lucas abrió la puerta del copiloto. Su rostro, habitualmente sereno, se transformó al ver la escena: a mí, cubierto de sangre, y a Francesca, inerte, con la pequeña criatura envuelta en mi uniforme.
El silencio fue absoluto, solo interrumpido por el llanto suave de la bebé. Lucas miró a la niña. Sus ojos, que antes me habían parecido depredadores, se suavizaron con una expresión indescifrable: dolor, reconocimiento, quizás una antigua pena.
—Está perdiendo demasiada sangre, Rossi —dijo él, su voz carente de su autoridad habitual. No había rastro de la ira que esperaba—. Si te quedas aquí discutiendo, ambas morirán.
—¿Qué haces aquí? —rugí, protegiendo el cuerpo de Francesca—. ¡No la toques!
—¡Llevátela! —gritó Lucas, señalando hacia el exterior del coche, hacia mi propio vehículo—. ¡Llévate a la niña a la enfermería secreta del sector norte, dile que es una emergencia civil! ¡Yo me encargo de Francesca, la llevaré por el acceso privado a mi médico personal! ¡Si ella muere, nada de esto importará!
Sus palabras fueron un golpe. ¿Confiarle a ella a este hombre? ¿Al hombre que me había arrebatado mi vida? Pero al ver el charco de sangre bajo ella, comprendí que la lógica de la guerra nos había superado. Francesca estaba al borde de la muerte. Lucas cargó a Francesca con una ternura que me desconcertó; era el trato de alguien que conocía profundamente cada faceta de su dolor.
—¡Vete! —me ordenó Lucas, cargándola en brazos hacia su vehículo—. ¡Si sobreviven, tendremos mucho de qué hablar, Rossi!
Me quedé un segundo paralizado. Mis manos, pequeñas y húmedas, sostenían a mi hija. Francesca seguía sin moverse, su vida escapándose entre los dedos de Lucas. Subí a mi coche, con la niña pegada a mi pecho, sintiendo que el mundo entero se desmoronaba.
Mientras arrancaba y me alejaba, una sola pregunta me taladraba la mente, una pregunta que se unía al dolor físico de haber dejado a mi mujer en manos de mi enemigo: ¿quién era Lucas, qué conexión real los unía para que él la protegiera incluso de mí, y por qué, en ese momento de caos, él parecía ser el único que realmente la conocía?
El camino hacia la enfermería se convirtió en una borrosa línea de luces, mi corazón latiendo al ritmo del llanto de la pequeña, mientras mi alma se quedaba atrás, atrapada en el coche de Lucas, rezando para que Francesca no fuera el precio de nuestra libertad.