Capítulo 28: El umbral del abismo

 

Narrado por Alessandro

Las palabras de Francesca se quedaron suspendidas en el aire, atrapadas en el umbral de su boca, cuando un espasmo repentino arqueó su espalda. El color abandonó su rostro con una rapidez aterradora. Sus dedos, que momentos antes se hundían en mis hombros, se cerraron con una fuerza sobrehumana sobre la tela de mi uniforme.

—¿Francesca? —pregunté, el rastro de mi ira desapareciendo instantáneamente, reemplazado por un pánico gélido.

Ella me miró, y en sus ojos oscuros, donde siempre había visto a una mujer invencible, solo encontré un terror puro, primitivo. El vestido holgado que llevaba comenzó a oscurecerse en el dobladillo, una mancha caliente que se extendía sobre el suelo de madera de mi oficina. El líquido rompió la burbuja de nuestra discusión, el destino interviniendo con una crueldad que no pedía permiso.

—Duele... —susurró, y esta vez no era el gemido del placer que habíamos compartido hace apenas unos minutos. Era un grito ahogado, un sonido de pura agonía que me heló la sangre—. Alessandro, me duele... ¡duele demasiado!

Se desplomó hacia adelante, y la atrapé antes de que sus rodillas tocaran el suelo. Estaba ardiendo, su cuerpo convulsionando con una ola de dolor que parecía estar destrozándola desde adentro. La apoyé contra el escritorio, su respiración convirtiéndose en una serie de jadeos cortos y frenéticos.

—¡Mírame! —le ordené, manteniendo mi voz firme a pesar de que mis manos temblaban mientras buscaba su pulso—. Respira conmigo, Francesca. Mira mis ojos. ¡Respira!

—El bebé... —balbuceó, sus uñas clavándose en mis antebrazos hasta hacerme sangrar—. No está bien, Alessandro... es demasiado pronto... ¡duele como si me estuviera desgarrando!

El miedo en sus palabras me golpeó más fuerte que cualquier bofetada. Si el bebé nacía aquí, en la base, en una oficina bajo el escrutinio de Moretti, bajo la sombra de Lucas... seríamos descubiertos. Todo lo que ella había intentado proteger, todo el sacrificio que había hecho al huir, colapsaría en cuestión de minutos.

—No voy a dejar que te pase nada —juré, levantándola en brazos. Su peso, acentuado por la vida que cargaba, se sintió como una responsabilidad sagrada—. Vamos a salir de aquí.

—No... —intentó protestar, su voz débil—. Si me ven contigo... si Lucas se entera...

—¡Al diablo Lucas! —bramé, pateando la puerta de la oficina para abrirla.

El pasillo estaba desierto por el momento, pero el sonido de las botas de los patrulleros en el exterior era un recordatorio constante de que estábamos en la boca del lobo. Corrí con ella, mi mente trabajando a una velocidad sobrehumana. No podía llevarla a la enfermería de la base; allí estaba el personal de Moretti. Tenía que llegar a mi vehículo, tenía que llevarla lejos, a cualquier lugar que no estuviera bajo la jurisdicción militar.

Francesca gritó de nuevo cuando otra contracción la sacudió. Se retorció en mis brazos, su frente perlada de un sudor frío.

—¡No puedo, no puedo! —lloraba, sus dedos aferrándose a mi cuello con desesperación—. Alessandro, si pasa algo... si yo no... cuídalo. Prométeme que lo sacarás de aquí.

—No te atrevas a hablar de morir —le dije, entrando en el aparcamiento privado. La luz del sol de la tarde era cegadora, cruel—. Vas a vivir, los dos van a vivir. Y vamos a terminar esa conversación sobre quién es Lucas, pero lo haremos cuando estés a salvo.

La deposité en el asiento del copiloto de mi coche, ella encogiéndose sobre sí misma, una pequeña figura acorralada por el dolor. Cerré la puerta de un golpe y me puse al volante, arrancando el motor con una agresividad que hizo chirriar los neumáticos.

Mientras conducía hacia la salida trasera de la base, un vehículo oscuro se cruzó en nuestro camino. Era el coche de Lucas.

Vi cómo el coche se detenía frente a nosotros, bloqueándonos la salida. El corazón se me paró. Si él bajaba, si veía a Francesca en ese estado, si veía que ella estaba conmigo... la tragedia sería inevitable. Francesca soltó otro grito, uno largo y agudo que atravesó el parabrisas, un sonido que seguramente atraería la atención de cualquiera en un radio de cien metros.

—Alessandro... —sollozó ella, su mano encontrando la mía en la palanca de cambios—. Por favor...

Miré a Lucas, que estaba saliendo de su coche con una lentitud amenazante, una mirada que no era de un marido, sino de un depredador que acababa de encontrar a su presa favorita. La oscuridad de sus ojos era profunda, insondable.

Pisé el acelerador. No iba a dejar que me detuviera. Pero mientras el motor rugía y me preparaba para embestirlo si era necesario, una última pregunta me atravesó la mente, una pregunta que se mezclaba con el dolor de Francesca y el peligro inminente: ¿Qué clase de hombre era Lucas para que ella lo mirara con tanto miedo, y qué secretos estaba escondiendo detrás de esa fachada de Capitán perfecto?

Francesca volvió a gritar, y esta vez, el dolor fue tan intenso que perdió el conocimiento, su cabeza cayendo hacia atrás contra el respaldo. Estábamos solos, contra el mundo, contra el tiempo, y contra un enemigo que ni siquiera yo sabía cómo derrotar. La vida de mi hijo estaba en juego, y Francesca, la mujer que había desafiado todos los cielos, estaba luchando por su vida en el asiento de mi coche, con un secreto a punto de explotar entre sus labios.

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