Capítulo 21: La sombra de los celos

 

Narrado por Alessandro

La jornada en la base había sido una tortura de protocolos, reuniones de escuadrón y el peso constante de una mentira que se volvía más pesada cada día. Bianca me llamaba cada hora para hablar del embarazo, llenando mis oídos con planes de cunas y colores para la habitación del bebé. Cada palabra suya era un recordatorio de la trampa en la que yo mismo me había encerrado, mientras mi mente —desobediente y traicionera— solo podía pensar en el despacho, en el desorden de los papeles y en la forma en que Francesca se rendía bajo mi tacto.

Cuando finalmente terminé mis deberes, el sol empezaba a teñirse de un naranja violento sobre la pista de aterrizaje. Mi cuerpo pedía descanso, pero mi mente buscaba, casi por instinto, el rastro de Vitali.

Caminaba cerca de los barracones de formación cuando vi un grupo de reclutas en un pequeño incidente cerca del aula de instrucción. Francesca estaba allí. Había intentado bajar una pila de cajas de suministros académicos, pero al hacer un mal movimiento con el tobillo —esa vieja herida que no terminaba de sanar por el exceso de entrenamiento—, la carga se había inclinado peligrosamente.

El Teniente Valenti, siempre solícito, estaba allí en un segundo. La tomó por la cintura para evitar que cayera al suelo, sosteniéndola con una cercanía que me provocó un ardor instantáneo en las sienes. Francesca se reía, un sonido leve, mientras Valenti la ayudaba a caminar hacia su barracón, con el brazo de él rodeando sus hombros para darle soporte.

No lo pensé. No analicé las consecuencias, ni la jerarquía, ni el hecho de que Valenti era un hombre intachable. Solo vi manos ajenas sobre ella. Vi a otro hombre invadiendo el espacio que yo había reclamado como mío, aunque fuera bajo el velo del secreto.

Caminé a pasos largos, mis botas resonando con furia contra el asfalto. Cuando llegaron a la puerta de su habitación, Valenti estaba susurrando algo que la hizo sonreír de nuevo. Fue la gota que colmó el vaso.

—¡Teniente Valenti! —mi voz tronó, más fuerte de lo que pretendía—. ¡Déjela ahora mismo!

Valenti se sobresaltó, soltando a Francesca, que se tambaleó al perder su apoyo. Se cuadró inmediatamente, su rostro una máscara de confusión y respeto.

—Mi Capitán, solo estaba ayudando a Vitali, parece que se ha lastimado el tobillo de nuevo...

—No necesito sus explicaciones, Teniente. Váyase. Ahora. Y no quiero verlo cerca de este sector en lo que resta de día. ¡Entendido!

—Sí, mi Capitán. A la orden.

Valenti se marchó apresurado, lanzando una última mirada preocupada hacia Francesca. Ella se quedó apoyada contra la pared, su rostro transformándose al instante en la máscara de piedra que tanto odiaba. Me miró con una mezcla de desafío y cansancio mientras abría la puerta de su habitación.

Entré tras ella sin invitación. El cuarto era pequeño, una celda austera llena de libros de navegación y equipo. Cerré la puerta con un golpe seco, asegurando el cerrojo. El ruido hizo que ella diera un respingo.

—¿Qué demonios crees que haces, Rossi? —espetó, tratando de mantener la compostura a pesar del dolor en su tobillo—. ¿Se te ha olvidado que estamos en una base militar? ¿Qué crees que pensarán si te ven entrar aquí a estas horas?

—Me importa un carajo lo que piensen —gruñí, acercándome a ella con la mandíbula apretada—. Lo que me importa es por qué permites que ese imbécil te toque. Por qué permites que hombres ajenos tengan ese nivel de proximidad contigo.

Francesca soltó una carcajada sarcástica, cojeando hasta sentarse en su cama para aliviar el peso de su pie.

—¿Proximidad? Es un compañero, Alessandro. Solo me estaba ayudando porque me duele el tobillo. ¿O acaso ahora también pretendes controlar quién me ayuda cuando estoy herida? ¿Vas a poner a un guardia de seguridad a seguirme a todas partes?

—Voy a hacer lo que sea necesario —dije, caminando hacia ella, invadiendo su espacio vital hasta que tuvo que reclinarse sobre la cama—. No soporto verte cerca de nadie. No soporto que otros hombres te miren, que te toquen, que te hagan reír. Es una tortura que no me permito.

Ella me miró, y por un instante, vi algo en sus ojos que no era odio. Era sorpresa. La sorpresa de darse cuenta de que mis celos no eran una pose de oficial, sino una rabia primitiva que me estaba consumiendo vivo.

—Eres un hipócrita —dijo ella, aunque su voz carecía de la fuerza de antes—. Tienes una esposa, un bebé en camino, una vida perfecta afuera de estos muros, y tienes la audacia de venir aquí a exigirme exclusividad. ¿Quién te crees que eres?

No dejé que terminara. El impulso fue más rápido que cualquier razonamiento. Me lancé sobre ella, no con la furia del despacho, sino con una desesperación que me sorprendió incluso a mí. La sujeté de los hombros, forzándola a recostarse contra la almohada, sintiendo su cuerpo pequeño y firme bajo el mío.

—Soy el hombre que te hizo mujer en esa montaña —le susurré, mi voz apenas un gruñido contra su piel—. Soy el hombre que se muere cada vez que alguien más te toca. Y si tengo que ser un hipócrita para mantenerte a salvo de los demás, lo seré. Pero no vuelvas a permitir que otro hombre te ponga una mano encima.

Ella abrió la boca para protestar, para decirme que era un loco, que esto no podía seguir así, pero antes de que pudiera procesar lo que estaba ocurriendo, antes de que pudiera erigir sus defensas de soldado, la besé.

Fue un beso que borraba el mundo. No había rastro de la duda. Fue una invasión total. Mis manos se perdieron en su cabello, sujetando su rostro para que no pudiera apartarse, mientras mi cuerpo la inmovilizaba suavemente contra la litera. Francesca luchó un segundo, sus manos intentando apartarme, pero luego, el aliento se le escapó en un gemido que se convirtió en un suspiro de rendición.

Sus brazos, que hace un momento intentaban empujarme, se cerraron alrededor de mi cuello. Me atrajo hacia ella con una intensidad que me devolvió la cordura y me encendió el deseo simultáneamente. La abracé con tanta fuerza que sentí cómo sus costillas se presionaban contra las mías, un abrazo que era a la vez un escudo y una declaración.

—Alessandro... —susurró mi nombre, no como un título, sino como una rendición.

El regaño quedó olvidado. Las palabras se perdieron en la urgencia de su piel. Todo lo que había planeado decirle —sobre la disciplina, sobre los protocolos, sobre la estupidez de dejarse ver con otros— se disolvió en el momento en que su lengua encontró la mía.

La abracé, la rodeé con mi cuerpo como si pudiera fusionarme con ella para protegerla de todo, incluso de mí mismo. Estaba celoso de todo lo que la rodeaba: del aire que respiraba, de los compañeros que le hablaban, del suelo que pisaba. Y ella, al sentir mi desesperación, parecía haber bajado todas las armas. No había Vitali en ese momento; no había recluta, no había deber. Solo había una mujer que me deseaba con la misma intensidad oscura y prohibida con la que yo la reclamaba.

Mis manos comenzaron a recorrer su espalda, sintiendo la tensión de sus músculos bajo el uniforme, una tensión que yo mismo había provocado. La besé bajando por la línea de su mandíbula, saboreando el gusto de su piel, el perfume de la base mezclado con el suyo, un olor que ya se había convertido en mi única adicción.

—Eres mía —repetí, besando la curva de su hombro—. Mía cuando nadie nos ve, mía cuando estamos rodeados de gente, mía hasta que me destruya. Nunca vuelvas a dejar que alguien más te toque.

Ella no respondió con palabras. Respondió hundiendo sus dedos en mi espalda, atrayéndome más cerca, borrando cualquier centímetro de espacio que quedara entre nosotros. Sus piernas se entrelazaron con las mías, una invitación que no necesitaba traducción.

Esa noche, en la pequeña barraca, bajo la tenue luz que se filtraba de los pasillos, no hubo guerra. Solo hubo reconocimiento. Ella conocía mis celos, conocía mi oscuridad, y lejos de huir, me estaba permitiendo entrar.

Mientras la acariciaba, sintiendo la suavidad de su vientre bajo la camisa abierta, me di cuenta de que mi vida, tal como la conocía, estaba terminada. No había vuelta atrás. Ya no era solo una cuestión de deseo. Era una cuestión de posesión absoluta. La tenía allí, en el corazón de la base, el lugar donde menos deberíamos estar, y aun así, sentía que era el único sitio seguro.

Ella cerró los ojos, dejando que su cabeza cayera hacia atrás mientras mis besos bajaban hacia su pecho. Sus gemidos, ahora más frecuentes, más libres, llenaban el pequeño espacio. Ya no se escondía. Ya no intentaba ser el soldado que no siente. Era la mujer que conocí en la selva, la mujer que me miró a los ojos cuando nadie más lo hacía.

—Te quiero —le dije al oído, una confesión que me salió casi por accidente, una palabra que nunca pensé decirle a nadie fuera de mis votos matrimoniales, pero que con ella se sentía como la única verdad en una vida llena de mentiras.

Francesca se tensó un segundo, sus ojos abriéndose de golpe, pero al ver la honestidad en mi mirada, algo en ella se suavizó. Se llevó una mano a mi rostro, acariciando mi mejilla con una ternura que me hizo estremecer.

—Eres un idiota, Alessandro —murmuró, con una sonrisa triste—. Un idiota que está arruinando su vida por alguien como yo.

—Si la voy a arruinar, prefiero que sea contigo —respondí, antes de volver a reclamar sus labios con una urgencia que no dejaba lugar a dudas.

Nos olvidamos de las cajas, nos olvidamos del tobillo herido, nos olvidamos de Valenti y de los rumores. En esa habitación, el tiempo se detuvo. Cada caricia era una respuesta a los celos que me habían traído hasta aquí, cada beso era un juramento que, aunque no pudiéramos mantener fuera de estas cuatro paredes, era absoluto dentro de ellas.

Ella se movía contra mí, buscando el placer, buscando la calma, buscando en mí la misma desesperación que yo veía en sus ojos. Nos fundimos en un abrazo tan apretado que dolía, una lucha por no dejar ir al otro, por aferrarnos a lo único que era real en medio de tanto ruido.

Cuando finalmente caímos en un silencio compartido, con ella descansando sobre mi pecho y mi mano acariciando su cabello corto, la realidad volvió a asomarse por la puerta. El toque de queda estaba cerca. Los oficiales pronto harían su ronda. Pero no me importó.

—Mañana... —empezó ella, con voz somnolienta.

—Mañana será mañana —la interrumpí, apretándola contra mí—. Ahora, solo somos nosotros.

Y por esa noche, en la base de la Fuerza Aérea, bajo la sombra de un secreto que amenazaba con destruirnos, ella fue solo mi mujer. Y yo, por primera vez en mi vida, no fui un Capitán, ni un esposo, ni un futuro padre. Fui simplemente un hombre, completamente entregado a la mujer que, con un solo movimiento, había logrado desmantelar todo lo que yo creía ser.

Sabía que esto no podía durar. Sabía que las consecuencias nos alcanzarían, que el Coronel se daría cuenta, que Bianca notaría el cambio en mi mirada. Pero mientras ella estuviera allí, en mi barraca, respirando contra mi pecho, no habría poder en el cielo ni en la tierra que me hiciera cambiar un segundo de esta locura por la "perfección" de mi vida anterior. Estaba perdido, sí. Pero era la primera vez que la caída se sentía como el vuelo que siempre busqué.

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