Emma permaneció por lo que le pareció una eternidad, sentada en el borde de la cama, en completo silencio, con la mirada perdida en los patrones de la alfombra y el corazón adolorido. Los ojos se le habían secado luego de un rato y el cuerpo se le entumeció hasta el punto de dejar de sentir el frío que entraba por la puerta de cristal abierta.
“No es la primera vez” le recordó la odiosa voz de su cabeza. Sus labios se elevaron en una sonrisa llena de ironía y sarcasmo. Equivocada no estaba.
Tom