Lo primero que vio Lucian al abrir los ojos fue el brillo blanquecino de la luz del techo que iluminaba todo el garaje. Su mirada aún borrosa se enfocó entonces en su amigo quien estaba apoyado contra el capo del auto, con un cigarro entre los labios y la mirada puesta al frente.
—¿Dónde estamos?
Lucian había dormido por lo que le parecían horas. Tenía el cuerpo rígido y la garganta seca.
—En Génova, aún. —Francesco le entregó una botella de agua fría que el rey agradeció. —No sabía si querías