318. ATAQUE SORPRESA
KATHERINE
—Ay, por todos los cielos, lo lamento, lo lamento —me saqué el pañuelo del bolsillo interno del vestido y me levanté un poco, inclinándome hacia delante, apoyando una mano entre sus piernas abiertas.
Empecé a secarle las manchas en la camisa, tirando de los botones, bajando por su abdomen.
—Creo que es mejor que se cambie, maldit4 sea, qué torpe soy…
—Está bien, Rossella, no tiene importancia…
—No, no, déjeme al menos secarlo —continuaba descendiendo. El vino había rodado.
Estaba ans