265. UNA MATE DESPECHADA
MARIUS
—Ah, ah, ah…
Los gemidos rítmicos de la mujer contra el árbol me tenían los oídos hastiados.
Me había perseguido cuando me alejé a mear, insinuándose con esa sonrisa fácil y esos pechos casi saliéndose del escote.
Le iba a decir que no a sus manos manoseándome la polla, pero al girarme, el color castaño de su pelo fue lo que me atrajo.
No sé ni cómo luce su cara, solo que ahora empujo en su coño con un ritmo constante, hundiendo las garras en su cadera y la otra en esa mata de pelo casta