El Renacimiento de la Reina Luna
El Renacimiento de la Reina Luna
Por: Caroline Above Story
Capítulo 1
POV: Ellie

Iba a morir y mi único deseo en ese instante era ver a mi compañero, Dominic, una última vez. Pero...

—Luna... Lamento decirle que el Alfa está ocupado ahora —susurró mi doncella, Abigail.

—Por favor —le rogué. Sentí que la garganta se me desgarraba con cada palabra—. Avísale que me muero.

Abigail dudó. Vi el pánico en su cara. No quería dejarme sola, pero ante mi insistencia, asintió y salió a toda prisa de la habitación con lágrimas en los ojos. Unos minutos después, el crujido de la puerta al abrirse aceleró mi corazón. ¡Era él! ¡Tenía que ser él!

Pero me equivoqué. Quien entró no fue mi compañero, sino Vivian, mi hermanastra. Llevaba puesto un elegante vestido blanco y tenía mi tiara dorada en la mano. Lucía la sonrisa más repulsiva que jamás vi en mi vida.

La miré, sorprendida y confundida.

—¿Cómo te sientes, hermanita? —ronroneó. Habló con un descaro tan desmedido que sus palabras escupían veneno—. Es una lástima que te perdieras la ceremonia. Oficialmente, soy la Luna de la manada. Sé que a Dominic le habría encantado que estuvieras allí para verlo.

Ni siquiera se molestó en ocultar su triunfo. Se colocó la tiara sobre la cabeza con un cuidado hipócrita y acarició el oro con la codicia viva en la mirada.

La agonía me arrancó un grito. El veneno avanzaba como una telaraña desde mis costillas, justo donde me habían apuñalado. El dolor me consumía viva.

—¿A qué te refieres? —balbuceé.

—Me refiero —siseó, acercándose a mí como una víbora—, que Dominic no podía esperar a que te murieras para ponerme en tu lugar.

La cabeza me retumbó con fuerza. Por lo que pareció una eternidad, me quedé sorda.

Si era sincera conmigo misma, reconocía que yo era la única dispuesta a correr detrás de Dominic para ganar su atención mientras él me rechazaba. Incluso la noche en que descubrimos nuestro vínculo, en el baile de la ceremonia de emparejamiento de nuestro cumpleaños dieciocho, su reacción fue horrible. Todavía recordaba cómo tensó la mandíbula. No se molestó en disimular su repulsión al enterarse de que la Diosa de la Luna le había asignado a alguien como yo.

«Supongo que no tenemos opción», me dijo después.

Esas cinco palabras me atravesaron el pecho como una daga de plata. Aun así, fui tan ingenua que me convencí de que las cosas mejorarían una vez que completáramos el vínculo. Qué mentira tan deprimente me creí.

¿Y ahora? Estaba en el centro de sanación, al borde de la muerte y rogaba por un segundo de su presencia, ¡¿mientras él nombraba a mi hermanastra como Luna?! ¡¿Incluso cuando yo perdía la vida por su culpa?!

¿Cómo alguien podía ser tan miserable?

Mi mente regresó a la noche que provocó el desastre.

Una semana atrás, un asesino emergió de las sombras de nuestra casa con un cuchillo en la mano y una sola misión: matar a Dominic. Él estaba a punto de ser nombrado Rey Alfa, un título que le costó todo. Había absorbido a las manadas más débiles de los alrededores, lo que nos transformó en el territorio más fuerte y próspero de todo el reino, pero se ganó una larga lista de enemigos en el proceso.

Cuando vi el destello de la hoja en la oscuridad, el vínculo me impulsó a proteger a mi compañero. Empujé a Dominic y recibí la puñalada que llevaba su nombre.

Logré sobrevivir al impacto mortal, y los guardias irrumpieron de inmediato para despedazar al intruso. A pesar de eso, cuando el sanador personal del Alfa examinó mi herida, reveló lo peor: la hoja estaba envenenada con acónito. La inflamación y las líneas rojas que ascendían por mi cuello dictaron mi sentencia de muerte.

El esfuerzo de los sanadores de la manada no sirvió para nada. Mi salud empeoró a un ritmo de espanto. En cuestión de días, pasé de estar en la flor de la vida a consumirme en un colchón. Era incapaz de moverme. Durante los primeros dos días después del ataque, Dominic se comportó como el compañero perfecto. Vino a verme, me regaló caricias y me dedicó miradas que transmitían un cariño que nunca me había dado.

Pero, sin motivo aparente, dejó de visitarme. Y cuanto más lo pensaba mientras estaba postrada en la cama, más me atormentaba la inquietud.

—Voy a ir a buscarlo —anuncié, volviendo a la realidad, e hice un esfuerzo por levantarme sola.

El solo hecho de mover las piernas por el borde de la cama fue una tortura. No me importaba morir. Quería ver a Dominic una última vez para que me dijera en la cara las respuestas que buscaba. Pero Vivian dio un paso al frente y me cerró el paso.

—Ahorra tus energías, Ellie. Las dos sabemos que él nunca te valoró como compañera. Te utilizó porque estaban vinculados y no tenía otra opción. Siempre me quiso a mí por encima de ti. Para no herirte, me mantuvo alejada porque no quería poner mi vida en peligro. Acéptalo. Incluso si sobrevivieras, él te habría reemplazado.

—Mientes —le dije con odio.

Mi loba aulló en mi interior. Sabía a la perfección que Vivian no mentía. Al recordar que Dominic siempre había tenido más tiempo, más paciencia y más empatía por mi hermanastra que por mí, dolía admitir que sus venenosas palabras tenían sentido. El dolor se agravó y me oprimió el pecho.

Vivian se echó a reír en mi cara y sacó una grabadora del bolsillo.

—¿No me crees? Escucha esto.

Presionó el botón para reproducir la nota de voz:

«Va a reinar conmigo, serás mi Reina Luna. Desde un principio debió ser así...»

No podía creerlo. Era la voz de Dominic. Me dejé caer de espaldas contra las sábanas, impactada. Vivian detuvo la grabación y respondió a mi mirada perdida con una sonrisa despiadada.

—¿Lo ves, hermanita? Dominic nunca te amó en serio. Eres demasiado patética y necesitada como para que alguien te ame.

La vista se me nubló por las lágrimas. El dolor me aplastó el corazón. Las venas púrpuras, producto del veneno, empezaron a trepar por mi cuello para robarme el aire sin piedad.

Antes de que pudiera asimilar la magnitud de lo que acababa de escuchar, Abigail irrumpió en la habitación como un huracán.

—¡Luna! —exclamó—. ¡Su madre!

¿Mi madre? Había estado pegada a mi lado a diario y siempre se negaba a marcharse antes de la medianoche. Justo ese día me había preguntado por qué no estuvo a mi lado.

Vivian, con una actitud arrogante, arrugó la cara.

—Mamá se opuso a mi coronación. Me hizo un drama allá afuera. Se puso a gritar y a lanzar cosas. Así que Dominic ordenó que la arrestaran.

¿Qué carajos?

—La van a juzgar por obstrucción y alta traición —concluyó con la maldad en los ojos.

El veneno me cerró la garganta, o tal vez fue el terror que me paralizaba los sentidos.

—No... —gimoteé, en un intento inútil por respirar.

Era imposible que Dominic hubiera dado esa orden. Vivian me mentía. Me negaba a creer cada una de sus palabras. Seguro que mi madre estaba a punto de entrar por esa puerta para abrazarme en mis últimos momentos.

Pero no. Al buscar los ojos de Abigail, su expresión aterrada confirmó las palabras de Vivian. Mamá fue arrestada.

Ya ni siquiera podía llorar. Me costaba demasiado respirar. Mis manos se aferraron a mi pecho con desesperación. Un espasmo me hizo rodar hasta caer en el suelo, envuelta en las mantas. Abigail dejó escapar un grito histérico y corrió a mi lado. Vivian, en cambio, dio un paso atrás y se alejó con entusiasmo para presenciar mi muerte.

A través de la neblina oscura que me arrastraba al más allá, escuché un alboroto a lo lejos.

Dominic entró en la habitación con la sanadora atrás. Empezó a gritar y Vivian rompió en llanto. Reconocí esas lágrimas falsas. Eran las mismas que usaba para manipular a mamá desde que se unió a nuestra familia.

Mi compañero se arrodilló, me tomó entre sus brazos y empezó a suplicarme cosas en un susurro. Pero yo ya estaba demasiado lejos para escucharlo.

La oscuridad cubrió mi vista. Di el último aliento y sentí el desgarrador latido de mi corazón.

Morí.

Pero mi último pensamiento, justo antes de que el vacío me consumiera, fue una promesa impregnada de furia, odio y resentimiento. Deseé tener el poder para hacer las cosas de otra manera. Anhelé hacerles pagar con sangre todo lo que me hicieron. Deseé una segunda oportunidad.

Y entonces lo escuché.

¡Riiiing! ¡Riiiing! ¡Riiiing!

Ese sonido no era del más allá. Era un despertador. Ese sonido tan molesto. Di un jadeo ahogado y volví a respirar. Abrí los ojos como si despertara de una pesadilla.

La luz del sol me cegó. Entraba por una de las ventanas que me parecían demasiado familiares... Estaba... de vuelta en la casa de mi infancia.
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