La arena bajo el Castillo de Piedrasangre olía a sudor, hierro y sangre.
Miles de licántropos llenaban las gradas de piedra que se elevaban sobre los campos de combate, sus voces resonando en la enorme cámara subterránea como truenos lejanos.
Habían venido a ver la Segunda Prueba.
A verme sobrevivir
o fracasar.
Estaba en el túnel de entrada, agarrando con fuerza los vendajes de cuero alrededor de mis muñecas mientras mi corazón latía con fuerza contra mis costillas.
Los nervios se retorcían vio