El bosque estaba en silencio.
Pero no era un silencio de paz.
Era el silencio antes de la tormenta.
Laila se quedó inmóvil, con el pulso acelerado, observando a los lobos que emergían de las sombras.
Sus ojos brillaban con un rojo oscuro, y sus cuerpos estaban cubiertos de cicatrices antiguas, como si cada una fuera una historia de guerra, de sangre derramada, de promesas rotas.
Amir dio un paso adelante, su cuerpo tenso, su mandíbula apretada. Sus manos listas para atacar, sus instintos rugien