"¡Perdóname, por favor, me duele!", suplicaba Ayunda. Pero Mahar seguía arrastrándola con brutalidad.
¡Braaaam!
Mahardika pateó la puerta de su habitación sin contemplaciones. No le importaba si causaba daños.
Mahardika, desbordado por la rabia, arrojó a Ayunda con violencia al suelo. La pobre mujer cayó desplomada, golpeándose la cabeza contra el borde de la cama.
"¡Ay!", gritó Ayunda con dolor.
Aun así, Ayunda no pudo hacer nada más que lamentar su suerte. Mahardika estaba fuera de sí, con g