Aquella mano arrugada parecía frotar la lápida que tenía delante. El lugar lucía mucho más bonito, limpio y ordenado que en años anteriores. Quizás por el cuidado especial que había recibido de la familia de la difunta.
"Miranti, vuelvo a venir. Nunca te aburras de verme aquí."
Sí, ese hombre era Kusuma. El hombre nunca faltaba a la tumba de su segunda esposa. Excepto cuando estuvo en el hospital ayer.
"Perdóname. Te extraño mucho. Ojalá el tiempo pudiera volver atrás. Quiero arreglar todo. Nunca te desperdiciaría a ti ni a nuestra hija. Sería un hombre firme. Y no cedería solo por las amenazas de Diana. Perdóname, Miranti, perdóname. Lo siento."
Kusuma se frotó el rabillo de los ojos, que ya empezaban a mojarse. No quería parecer débil delante de Miranti, su segunda esposa a la que amaba mucho, pero a la que había tratado con mucha injusticia.
Después de quedarse en silencio un rato, finalmente Kusuma volvió a hablar:
"La verdad es que también extraño mucho a nuestra hija. Pero me si