*—Uriel:
Se sentía tan emocionado que apenas podía contenerlo. Iba conduciendo con las manos firmes en el volante, pero sus dedos temblaban de pura alegría.
De reojo miró a Danny, sentado en el asiento de copiloto. Su amado llevaba la cabeza apoyada contra la ventanilla, la mirada fija en el paisaje oscuro, y estaba en absoluto silencio. Uriel lo entendía demasiado bien: Danny estaba abrumado. No solo por las palabras que se dijeron, sino por el enorme peso que se le había quitado de encima.
Cu