Mateo agradeció que nadie más hubiera sido testigo de esto.
¿Dónde quedaba su dignidad? ¡Nunca en su vida había hecho algo así!
Por suerte, sus palabras parecían haberla consolado. Y se acurrucó en sus brazos, sus manos se aferraron firmemente a su cintura y se quedó profundamente dormida.
Entonces, pensó que ella se apegaba demasiado a la gente. La miró; ya no lloraba, pero las lágrimas habían humedecido sus pestañas. Era una visión conmovedora.
Mateo sonrió: —No soy tu mamá, ¡soy tu papá! Llám