—Mauro, ya hemos traído a Diego como ordenaste.
Mauro se acercó al vehículo y vio a Diego dentro. Él estaba desplomado en el asiento, cubierto de sangre.
Ya tenía una herida de cuchillo en el abdomen que no dejaba de sangrar, y ahora, con la puñalada en el corazón, la sangre había empapado toda su ropa.
Diego estaba blanco como el papel, sus ojos comenzaban a perder el enfoque. Al ver a Mauro, preguntó: —¿Eres tú?
Mauro sonrió con frialdad. —Así es, soy yo. No me culpes, todo esto te lo has busc