¡Era ella!
¡Era Valentina!
Pero él se había equivocado de persona.
Al recordar toda la frialdad y las humillaciones que le había hecho pasar a Valentina, sintió deseos de abofetearse a sí mismo.
Aquel día en la enfermería, cuando la había empujado contra la cama, ella, con lágrimas en los ojos, le había dicho que lo detestaba. Se había sentido tan ofendida.
¡Mateo, deberías morir!
Todos los músculos de Mateo se tensaron. Su rostro se ensombreció, pero pronto sus labios finos se curvaron en una s