Mateo, imponente, se mantenía de pie junto al ventanal. Sus ojos brillaban peligrosos:
—¿Creen que una simple disculpa resolverá esto? Váyanse.
Lina, con lágrimas en los ojos, suplicó:
—Por favor. Tu tío Ignacio y yo te cargamos cuando eras pequeño. Es nuestro único hijo. Libera a Gael, te prometemos que lo disciplinaremos bien.
Mateo permaneció impasible y ordenó fríamente:
—Acompáñalos a la salida.
Fernando hizo un gesto indicando el camino:
—Señor y señora Zambrano, por aquí, por favor.
La ex