Sara no sabía qué decir. ¡Definitivamente no lo había hecho a propósito! Pero ahora ya no podía decir que no fue a propósito. Sabía cuál era su misión al venir aquí: era consentirlo.
Sara miró su apuesto rostro.
—Sí lo hice a propósito, ¿qué pasa? Eres mi esposo, me siento en tus piernas cuando se me da la gana.
Luis curvó ligeramente los labios.
—Ayer dije que de día no eras suficientemente atenta, ¿y hoy ya viniste por tu propia cuenta?
—Exacto, acepto todas tus críticas y además las corrijo.