Miguel no durmió esa noche. Se quedó acostado en la oscuridad mucho después de que Luna se hubo ido, mirando al techo mientras su mente le daba vueltas a la conversación una y otra vez, buscando algún terreno firme en el cual apoyarse y encontrando, en su lugar, solo las mismas preguntas sin respuesta dando vueltas sobre sí mismas sin resolución.
Para cuando llegó la mañana, el agotamiento había desgastado los bordes afilados de su sospecha hasta convertirla en algo más resignado, más práctico.