Para la mañana siguiente, el alivio que Miguel había sentido la noche anterior se había Agriado para convertirse en algo mucho peor que el episodio original. El dolor que debería haber remitido por completo en cuestión de horas regresó con una saña que él no reconoció, extendiéndose desde su cadera hacia su pecho; su respiración se volvió superficial y entrecortada contra una presión que se sentía, por primera vez en años, genuinamente extraña: no la vieja y conocida agonía que había aprendido