Luna permaneció sentada en su auto frente a Laboratorios Ritchie durante casi veinte minutos antes de encontrar el valor para entrar. Sus manos sujetaban el volante con tanta fuerza que sus nudillos se habían vuelto blancos, mientras ensayaba y descartaba una docena de aperturas diferentes, ninguna de las cuales sonaba menos que patética en su propia mente. Nunca, en cinco años de una estrategia cuidadosa, había imaginado un escenario en el que tendría que caminar por ese edificio y pedirle a C