El médico lo encontró todavía en la silla de plástico afuera de la habitación de Luna en algún momento después de las dos de la mañana, y algo en la forma cuidadosa y pausada en que se acercó —el andar particular de un hombre que ensaya malas noticias antes de llegar a la persona que tiene que escucharlas— hizo que a Miguel se le encogiera el estómago antes de que se pronunciara una sola palabra.
—Sr. Carrasco.
—Dígame. —Miguel ya estaba de pie antes de haberlo decidido del todo, con la voz más