114| Afrontar
El despacho está en un silencio, el único sonido es el de nuestras respiraciones erráticas y todo parece más grande de lo que es. Con mi cuerpo, aún tembloroso, me obliga a bajar de su regazo con una torpeza que ni yo misma reconozco. Mis piernas se sienten como si fueran de gelatina, como si mi equilibrio hubiera decidido irse a hacerle compañía a mi dignidad, que ya de por sí está en un rincón de la habitación llorando. No sé cómo hacer para no caerme, así que me sostengo de la silla, como si