Adrik vio la mano del hombre posarse con demasiada familiaridad sobre el brazo de Lía y, en un instante, memorizó cada detalle de ese contacto: el olor barato del perfume, la presión del agarre, la costumbre arrogante de quien cree que puede comprar cuerpos. El abrazo que vino después fue un desafío en carne viva —una burla intolerable— y, por dentro, él comenzó a trazar mil maneras de arrancar la piel de ese imbécil hasta que lo olvidara con dolor.
Lía, por su parte, sonrió forzada, esa mueca que mezcla vergüenza y desprecio, y en cuanto pudo se apartó de Elzo con un paso defensivo, pegándose al lado de Adrik como buscando un refugio. No esperaba encontrárselo allí, en un lugar así, ni imaginarse que aquel hombre —que la había besado a la fuerza— volvería a intentar marcar terreno.
—Elzo —susurró ella, pegándose más a Adrik en modo de protección—. ¿Qué haces aquí?
Él alzó las cejas con fingido desdén.
—¿Qué haces tú aquí? —replicó, la sonrisa incrédula clavada en los labios—.