—Rosalba, ¿qué es lo que necesitas?
Con el pulso acelerado, Faustino se dirigió a la habitación de Rosalba después de que ella lo llamara insistentemente. Al entrar, mantuvo la mirada baja, sin atreverse a encontrarse con sus ojos. Aunque el mobiliario era tan austero como el suyo propio —una mesa, una cama y una silla, todos de madera—el cuarto desprendía una fragancia agradable. La pulcritud y el orden contrastaban notablemente con el desorden habitual en la habitación de Faustino. A pesar de