—¡Qué descaro! —exclamó Larisa indignada.
—Yo... yo... —titubeó Victoria—. Incluso si me equivoqué con la orden, ustedes tienen dinero, ¿qué tiene de malo comer algo más costoso? No es como si no pudieran pagarlo —dijo, interponiéndose en su camino mientras evitaba mirarlos directamente.
—¡No se trata de si podemos pagarlo o no! ¿Acaso por tener dinero merecemos ser estafados? ¡Estás siendo muy irracional! ¡Eres bonita, pero nunca imaginé que serías una dueña tan sinvergüenza! —protestó Larisa m