En ese momento, un hombre de cabello entrecano salió apresuradamente del salón interior. Era el maestro pintor Salvador.
Había estado descansando en la sala posterior cuando escuchó que Vicente había llegado, así que acudió inmediatamente a su encuentro. Al verlo, dijo con evidente nerviosismo:
—Maestro Salvador, no hace falta tanta cortesía.
—Estos viejos huesos míos no merecen tanto protocolo —respondió Vicente con tono sosegado.
—Continúe con sus asuntos como si yo no estuviera.
Aunque Vicent