—Faustino, ¡tú lo has pedido! ¡No te arrepientas luego!—exclamó Alberto con aire presumido—. ¡Mi maestro ha vencido tigres con sus propias manos! ¡Ni los osos pardos pueden con él! ¡Siete u ocho clubes de lucha clandestina lo respetan como autoridad! ¡Contra mi maestro Diego, tu derrota está asegurada!
Alberto no paraba de alardear mientras Diego sonreía con arrogancia. Y no mentía: durante años, innumerables empresarios habían intentado contratarlo como guardaespaldas, algunos ofreciendo hasta