—¡No seas cobarde, Mario! Deberías estar agradecido de que solo la dejé inconsciente y no la maté —se burló Carlos con una sonrisa arrogante. Después de todo, cuando estaba en el extranjero, matar con la organización era algo cotidiano...
—Carlos, ¿qué... qué estás diciendo? ¡Estos quince años te han cambiado demasiado! —exclamó Mario—. ¡Es la esposa del alcalde! Si la matas, irás a la cárcel, ¡incluso podrían darte pena de muerte! ¿No entiendes la gravedad de esto? Mejor llevémosla al hospital