MARION
—¡Eeeerrrr! ¡Te lo dije, chica! —Resonó una voz desde el teléfono, inconfundiblemente la de Anastasia.
Pero apenas lo percibí. Mi atención estaba fija en ella, mi Fuego Salvaje. El vestido de satén se le pegaba como si la mismísima tentación lo hubiera cosido, su piel resplandeciente, sus ojos retándome a perder el control. Sentía el peso de cada segundo atenuándose entre nosotras, su perfume, floral, con ese dulce toque a fresa, acercándome más a ella sin decir palabra.
Me sonrió con su