Me había quedado sola, sentada en uno de los bancos que estaban afuera de la capilla. El suave viento acariciaba los árboles, el día estaba algo frío y ahí estaba yo perdida en mis pensamientos, pensando en mi abuela.
—Como te he descuidado —susurré con un dejo de tristeza. Cuando más hundida estaba en mi dolor, un hombre que no conocía se me acercó, lo observé con cautela y lo detallé; era un señor alto y elegante, de edad maduro, pero no viejo, aproximadamente como de unos 42 años.
—Buenos dí