Aparecía en mi mente el recuerdo de mi abuela, la apreciaba tal cual como la última vez: fuerte y dulce, una mujer de temple de acero. Las lágrimas se asomaron inevitablemente en mis pupilas nublando mi visión, estas fueron rodando cálidamente hasta tocar mi mejilla.
—Abuela… Si tan solo me dieras una señal.
—¿Estás bien Victoria? —Inquirió Andrea que yacía a mis espaldas, no la había sentido llegar, su repentina aparición me tomó desprevenida y a la vez logró hacerme sentir idiota, el inverna