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Cuando el amor llegó demasiado tarde

¡Vaya día! Parece que los planetas se alinearon para hacerme la vida difícil. ¡Pero yo tengo mi propio alineamiento de fuerza y ​​determinación!

Con el corazón latiendo acelerado, Susy comenzó preguntándole:

—¿Te ha gustado la sorpresa?

—Ya sabes que esta fecha me disgusta —le dijo mientras le daba un beso en el cuello y agarraba su vaso de whisky para bebérselo de un solo trago. Ya habían sido varios los que había tomado ese día.

—Pensé que sería buena idea celebrarlo. De vez en cuando necesitamos hacer cambios en la vida, ¿y por qué no cambiar nuestras ideas?

—Sigo pensando exactamente igual: este es un día de m****a, no hay nada que celebrar, y mis ideas siguen siendo las mismas —respondió él en tono serio.

—No puedes seguir siendo un hombre tan solitario. Quizás ya es hora de que pienses en tu futuro. Tanta soledad no es buena para ti.

—Me gusta estar solo —afirmó él.

—¿No deseas tener tu propia familia, un matrimonio feliz, hijos? —preguntó Susana, con el corazón latiendo a mil por hora.

Tomó su copa de champán olvidada y bebió un sorbo para tranquilizarse mientras esperaba ansiosa la respuesta de Adriel. Esperaba con ilusión que su respuesta pudiera cambiarlo todo; quería creer que el año que habían pasado juntos amándose era suficiente para que Adriel al menos considerara la idea de cambiar su forma de pensar.

—¿Por qué tanta sorpresa? —preguntó Adriel, visiblemente molesto—. Sabes muy bien lo que opino de eso: nada ha cambiado. El matrimonio no es lo mío, no me interesa en absoluto, y mucho menos tener hijos, es lo último que quisiera en mi vida —fijó su mirada en Susana y la escrutó detenidamente—. ¿No estarás haciéndote falsas ideas con esta relación? Porque si es así, cometerías un grave error.

Las ilusiones de Susy se desplomaron como un castillo de naipes y fueron aplastadas bajo los pies de Adriel.

—No quiero más sorpresas como esta, ¿entendido? —gruñó él, malhumorado.

Susana tomó su copa de champán y bebió de un trago. El líquido burbujeaba en su boca y garganta. Con rabia, le respondió:

—Puedes estar tranquilo, nunca más me atreveré a desafiarte y perturbar tu burbuja perfecta —el sarcasmo impregnaba cada una de sus palabras.

—Me alegra que hayas entendido —respondió él, cabreado.

—Eres un completo idiota —replicó Susana, dándole la espalda y alejándose de él.

Adriel entró al salón, abarrotado de invitados sonrientes que lo felicitaban por su cumpleaños, pero su rostro permanecía imperturbable. Mientras los demás disfrutaban de la música y el ambiente festivo, él sentía una ira creciente en su interior. Sin mediar palabra, agarró una botella de licor y se dirigió a su habitación, deseando escapar de la falsedad y la hipocresía de aquellos que lo rodeaban. Con cada trago, su rabia se intensificaba, hasta que finalmente se vio sumido en una embriaguez profunda.

La fecha de su nacimiento era un tormento para Adriel, pues evocaba la ausencia de Natalia, su madre. Ella era una mujer frágil, a quien los médicos habían prohibido tener hijos debido a su corta edad y su delicada salud, pero el padre de Adriel no escuchó las advertencias y no la cuidó como debía, lo que resultó en un embarazo complicado. El parto fue una pesadilla, y el mismo día en que Adriel llegó al mundo, su madre exhaló su último aliento. Y así, en cada cumpleaños, Adriel sentía como si estuviera celebrando la muerte de su propia madre.

La herida que su madre dejó en él fue profunda y persistente, un dolor que nunca se desvanecía del todo. Por más que su padre intentara llenar aquel vacío con amor y cuidados, el dolor persistía como una amenaza constante. En cada cumpleaños volvía con una fuerza desgarradora, como un monstruo que habitaba en su pecho y amenazaba con devorarlo por dentro. Solo una cosa podía acallar aquel tormento, y era el alcohol, que anestesiaba su mente y su corazón, pero nunca lograba borrar el recuerdo de la madre que nunca tuvo.

Adriel abrió los ojos y la habitación parecía girar a su alrededor. El sol penetraba por las rendijas de las persianas y le hacía arrugar los ojos. Desorientado, se frotó la cabeza y se incorporó en la cama, intentando recordar lo que había pasado la noche anterior. Miró a su alrededor: el caos reinaba en la habitación, con botellas vacías de whisky desperdigadas por el suelo, y aún llevaba puesta la ropa del día anterior. De pronto, como un fogonazo, recordó la discusión que había tenido con Susana.

Se reprochó a sí mismo por haber sido tan estúpido con ella, permitiendo que su dolor y su frustración lo llevaran a tratarla tan mal. Susy era la mujer que lo había cambiado todo: su dulzura y su inocencia habían logrado lo que ninguna otra mujer había conseguido antes, hacerlo desear una vida diferente, una vida con ella a su lado. Ahora, mientras recordaba la discusión de la noche anterior, sonreía al pensar en todas las cosas que quería con ella: un matrimonio feliz, una familia, una vida juntos. Porque con esa mujer quería todo.

Un poco más tarde, ya sin resaca, bañado y perfectamente vestido, fue a buscarla para pedirle perdón por su estúpido comportamiento; quería decirle que estaba dispuesto a todo por ella.

Fue hasta su habitación, tocó la puerta, pero nadie respondió. Él estaba resuelto a verla, así que abrió la puerta sin permiso. Se encontró con que ella no estaba: la cama seguía intacta y no vio ninguna de sus cosas. Fue hasta el armario y comprobó que su ropa ya no estaba.

Susana se había marchado.

Después de buscarla por todos lados sin éxito, se dio cuenta de que ella había tomado una decisión, una decisión difícil que él nunca había imaginado. Se sentía como si le hubieran arrebatado el suelo bajo los pies. Susana era la razón por la que había empezado a creer que existía un sentimiento más allá de lo carnal, la razón por la que se había atrevido a imaginar un futuro feliz junto a alguien más.

Pero ahora ella se había ido y él se encontraba solo, perdido en sus pensamientos y emociones. Intentó llamarla una y otra vez, pero ella no contestaba. Finalmente, después de varias horas de esperar una respuesta, recibió un mensaje de texto de Esperanza, la mejor amiga de Susana, donde le decía que ella había decidido terminar la relación, que no deseaba verlo nunca más, que se había dado cuenta de que no sentía nada por él y que deseaba rehacer su vida.

Él se quedó en shock: no podía creer que todo hubiera terminado así, tan abruptamente. Se sentía como si le hubieran arrancado el corazón del pecho.

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