—No, pero... ahora siento que ya no tengo que hacerlo.
Daven contuvo una carcajada.
—Bueno, después de que te curemos, deberías intentarlo de nuevo. Aguantarse las ganas puede hacer que te duela la pancita.
—¿En serio?
Daven asintió sin dudar y continuó caminando por el pasillo que el personal le había señalado. La sala médica privada, ubicada dentro del salón principal, era un lugar silencioso y tranquilo. Con cuidado, sentó a Josh en el sofá.
—Yo puedo encargarme de curarlo, señor Daven —ofre