A Eli le costó tragar saliva. Le volvieron recuerdos de antes, de departamentos estrechos, de Selena llegando a casa agotada e irritable, seguramente aplastada por la presión del trabajo. Noches largas llenas de incertidumbre sobre cómo iban a aguantar el día siguiente.
—Nunca pediste nada —siguió Selena—. Aunque tenías todo el derecho a hacerlo.
Eli negó apenas.
—No sé por qué, pero… me parece que lo que tenemos ya es suficiente.
Selena esbozó una sonrisa.
—¿Suficiente para quién?
Eli guardó si