Cerca del mediodía, el timbre sonó y desvió la atención de Althea de la sala. Lydia, que había estado acomodando un ramo en el florero, también giró la cabeza. Una empleada se apresuró a abrir la puerta y, cuando la abrió, Riana apareció parada, elegante como siempre, con su abrigo color crema y el cabello pulcramente recogido.
—¿Mami? —la saludó Althea con una sonrisa luminosa.
—Ay, cariño. —Riana dio un paso al frente y envolvió a Althea en un cálido abrazo—. Y mira… mira a quién tenemos hoy e